Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo.
¡Qué verdad más aplastante!. ¡Pero qué cierto es!. Querer aparentar con el disfraz de la dulzura, la ternura y la suavidad cuando por dentro sólo hay pinchos, cadenas y cuchillos. Somos buenos porque nosotros creemos serlo, pero no se es bueno por eso. Sólo si otra persona lo considera así, lo eres, y nunca serás bueno para todos. Eso es imposible. ¿Para qué aparentar entonces?, mejor dicho, ¿para quién?. Simplemente se, bueno o malo, pero simplemente existe. No quieras ser quien no eres. No juegues con la verdad, porque a ella no le gusta entrar en el juego. Es ella la que lleva las riendas de la partida, y siempre aparece cuando menos te lo esperas acabando con tu turno de tirada. Por mano del destino, o por manos humanas. Y sorprende, siempre sorprende cuando aparece. Te deja sin armas, te bloquea y te golpea tan fuerte en el pecho que no te deja respirar. Si te mantienes en sus filas, puedes estar tranquilo porque nunca te jugará una mala pasada, pero ¡ay de ti si intentas engañarla!. La falsedad es su peor enemigo. Viste sus mejores galas en la partida, y normalmente se cubre de amor, amistad, piedad, compasión, cariño..., buenos sentimientos con los que intenta aparentar. Pero hay una gran diferencia entre la verdad y la falsedad. La verdad es eterna, lo que es existe; la falsedad siempre muere tarde o temprano, nunca ha existido.
Esto lo escribí hace mucho a raíz de una frase de V de Vendetta. Lo sentía así y hoy me doy cuenta de que es una verdad aplastante que siempre se cumple.
Escribí más cosas que ya iré poniendo...pero ésta desde luego era la más apropiada hoy.
Qué poquito dura la felicidad...
Qué fácil es que se apague. Dios cómo odio a los que únicamente se dedican a apagarla.
Pero por suerte sé que todo se paga...porque...
Toda acción tiene una reacción igual y opuesta.
Se recibe lo que se da y se da lo que se recibe, diría yo. Sin duda hace tiempo que no me reafirmaba tanto en este pensamiento porque, quizás, no tenía la necesidad de hacerlo. Hoy no puedo estar más segura de ello. Es esta relación de términos opuestos la que ahora mismo me guía. Analizándolo todo llegué a la conclusión de qué injusta es la vida. Pero ella no tiene toda la culpa. No es la vida siempre la que comete injusticias, somos las personas. Somos nosotros los que, egoístas desde que nacemos, miramos sólo por nosotros mismos, dejando a un lado cualquier otra cosa, persona o principio según nuestros intereses y actuamos como creemos que está bien. Es por ello que, al recibir esta acción injusta, reaccionamos. Nos rebelamos. Es por ello que respondemos siempre con la misma moneda pero de manera opuesta. Y a veces nos equivocamos, creyendo encima que lo estamos haciendo bien. Somos creídos, nos queremos tanto que creemos acertar con nuestros actos. Que lo hacemos todo bien, porque lo hemos hecho nosotros. Pero siempre queda la tranquilidad de que todo se paga. Todo tiene un precio. Los actos tienen un precio que más tarde o más temprano ha de cobrarse. Tantas veces se me ha cobrado a mi como a vosotros, y así será de por vida. La reacción a nuestra acción llegará, siempre llegará para arrasar con todo lo que tanto trabajo cuesta construir, o construir lo que tanto trabajo cuesta arrasar. Y es que todo cambia y nada es. Lo que ayer se marchitó, mañana florecerá. Lo que hoy nace, mañana morirá. Nada es para siempre. Nada existe para siempre, porque ahí estará la reacción opuesta que venga a cobrarse esa acción previa.

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